lunes, 28 de noviembre de 2016

"Sarmiento", de Miguel Ángel De Marco.

Una vida tan intensa, prolífica y apasionante como la de Domingo Faustino Sarmiento, no puede ser contenida en cuatrocientas páginas. Encuadrarlo en ese límite físico es el esfuerzo que hizo Miguel Ángel De Marco -ex presidente de la Academia Nacional de la Historia- en esta biografía, que resume trabajos anteriores de gran envergadura sobre el político argentino, cuya obra periodística y literaria abarca 52 tomos.
La figura de Sarmiento arranca pasiones en pro y en contra, porque él mismo fue un hombre que ponía una energía colosal en todo lo que acometía, muchas veces sin prudencia en la expresión ni mesura en la polémica. No obstante, sus críticos más acérrimos no vacilan en quitar de contexto muchas de sus aseveraciones, como si las palabras no fueran dinámicas con el curso de los años, cambiando los significados. 
De Marco evita enrolarse en debates, simplemente exponiendo las facetas discutibles de Sarmiento. La obra atraviesa toda su existencia, desde la niñez hasta la muerte, recurriendo a las imágenes tan coloridas que el propio protagonista nos legó a lo largo de sus páginas. 
El propósito del libro es evidente: presentar al lector el recorrido existencial de Sarmiento, con su obra en pinceladas generales, su tiempo como estadista, su acción como periodista infatigable y propulsor de las ideas que consideraba beneficiosas; sus idas y venidas como hombre en una Argentina que recién empezaba a trazarse en los contornos de la modernidad. Resulta inevitable asimilar a Sarmiento con el impulso a la alfabetización e instrucción, condiciones necesarias para la formación de ciudadanos respetuosos de la ley, productivos y pacíficos. 
Como no tuvo formación sistemática, se nutrió de cuanto autor llegó a sus manos, pero más fuerte en él fue la experiencia de sus viajes -a los Estados Unidos, en particular- que volcaba en la acción de gobierno, ya sea en el Ejecutivo, ya en las bancas legislativas. Nada de lo que ocurrió en la polis le fue ajeno: promovió el asociacionismo -desde la protección de los animales, las bibliotecas populares y las comunidades de inmigrantes-, la fundación de periódicos y el fomento de las ciencias naturales y astronómicas. Escasos políticos -muy pocos son los estadistas- son los que fomentan y perseveran en su impulso a la ciencia y la educación, y Argentina tuvo en Sarmiento a una de esas figuras extrañas en los ajetreos de la lucha electoral.
No tuvo partido, gobernó con un Congreso con el que debió negociar cada ley, se enfrentó a quienes tomaron las armas para derrocar a los gobiernos constitucionales con todo el vigor que fuera posible. Se enroló con vehemencia en la causa de la educación laica, habiendo sido un destacado miembro del liberalismo decimonónico y de la Masonería, de la que llegó a ser Gran Maestre tras dejar la primera magistratura de la República. Lejos de encerrarse en el Olimpo lejos de los mortales, se consagró con energía a la dirección general de escuelas de la Provincia de Buenos Aires al terminar la presidencia, como si fuera una magistratura superior.
Esa consagración total a la vida pública lo distanció de su amigo Bartolomé Mitre, un alejamiento que comenzó al ser enviado como ministro plenipotenciario a Chile, Perú y los Estados Unidos, y que se acentuaría en la pugna electoral. Fue, durante su presidencia entre 1868 y 1874 que fue cobrando notoriedad el entonces coronel Julio A. Roca, que luego llegaría a la primera magistratura en 1880 y que tanto lo respetaría.
Miguel Ángel De Marco escribió sobre Sarmiento para un público que lo observa con hostilidad, de reojo, tras decenios de  ser cuestionado por las variadas corrientes del revisionismo vernáculo -católico, nacionalista, populista-, intentando mostrar una figura que se escapa travieso de las taxonomías, un hombre político que no dudaba en ir contra la corriente mayoritaria en pos de defender una causa que consideraba justa. Atendiendo, pues, a que el autor se dirige a un público no especializado, ávido de incorporar conocimientos generales de la historia argentina, el libro es una introducción valiosa.

Miguel Ángel De Marco, Sarmiento. Buenos Aires, Emecé, 2016.

domingo, 20 de noviembre de 2016

"Descenso a los infiernos", de Ian Kershaw.

El prestigioso historiador británico Ian Kershaw, ya conocido por su monumental biografía sobre Adolf Hitler y otros libros referentes a la Alemania nazi, se extiende en este grueso volumen en la historia de Europa entre el inicio de la primera guerra mundial y los comienzos de la Guerra Fría. Es el retrato de cómo un continente que presumió de ser la cumbre de la civilización se arrojó al más intenso salvajismo en dos conflagraciones de dimensiones planetarias, y cuyas consecuencias se prolongan hasta nuestros días.
Es un período en el que los gobiernos de Alemania buscaron un rol protagónico en el esquema mundial, ya sea con la Weltpolitik del Kaiser Guillermo II, ya con los planes de genocidio y conquista del Este europeo del nazismo. El primero intentó que el entonces Imperio Alemán tuviera el mismo peso político y militar que ya tenía en su desarrollo económico, siendo una de las cuatro grandes economías industriales del planeta. La segunda guerra, en cambio, corrió por los carriles ideológicos del nacionalsocialismo, una corriente político del nacionalismo alemán que sostenía la superioridad racial aria y que, en consecuencia, debía eliminar físicamente a los judíos y pueblos eslavos de Europa central y oriental, así como ocupar las regiones más feraces para ocupar su "espacio vital", el Lebensraum.
El objetivo del Kaiser hubiera supuesto la consolidación del orden imperial aristocrático, de jerarquía social tradicional; el de Adolf Hitler, en cambio, anheló la reestructuración "racial" de Europa y la reconfiguración de las fronteras, una utopía de superioridad étnica que aspiraba a la creación de un "hombre nuevo" ario.
Kershaw pone el acento en el período de entreguerras, cuando tres grandes corrientes ideológicas compitieron en el Viejo Continente: la democracia liberal, el marxismo y el fascismo. Los demócratas liberales se vieron severamente cuestionados por las otras dos corrientes que buscaban demoler los cimientos de las sociedades pluralistas, que crecían electoralmente alimentándose mutuamente en sus mutuos temores. A ello se añadía el vacío dejado por Estados Unidos que, con su repliegue tras la primera guerra mundial, dejó abierto el camino para que las dos fuerzas antiliberales aumentaran su influencia en Europa. La Gran Guerra, con su secuela de militarización de las sociedades y el desplome de los viejos imperios, no pudo ver tras su final el orden democrático y de libre comercio que había auspiciado el presidente Wilson. 
La dinámica de los revolucionarios bolcheviques y de los grupos fascistas configuró una etapa marcada por la violencia más cruda, en la que se ensalzó la intolerancia. El autor se recuesta, en los primeros capítulos del libro, en el recurso fácil de las "clases" como si fueran compactos homogéneos, con contornos definidos y sin fisuras. Bien sabemos que ni siquiera Karl Marx se atrevió a dar una definición de la clase social, a pesar de basar su teoría de la historia en las clases. De modo que no resulta preciso ni útil recurrir a estas herramientas conceptuales tan endebles, más propias del discurso político que del rigor académico. No obstante, esto no le quita méritos al libro en su conjunto. 
Lo cierto es que el período de entreguerras estuvo marcado por la frustración de los ex combatientes en el continente, por los ascensos de los totalitarismos, la aparición de las legiones fascistas y las brigadas comunistas, la hiperinflación y luego la crisis financiera y económica de 1929. En esta atmósfera se produjo una explosión de vitalidad artística, vía de escape de las tribulaciones diarias, acompañada y aumentada por las nuevas formas de comunicación. En este sentido, Kershaw articula magistralmente las tribulaciones políticas y sociales con la vibrante atmósfera cultural del período, lo que amplía las perspectivas de estudio y de reflexión del lector y del especialista. Las ideas del constitucionalismo, el poder limitado y la expansión de una economía de mercado a nivel planetario se descartaban al rincón de las cosas viejas, y el mundo se cerraba y aclamaba a líderes que quería ver sobrehumanos. 
Stalin pudo cometer sus genocidios en la URSS y Adolf Hitler alcanzar el poder, sin que el mundo democrático -bastante pequeño, bastante debilitado- quisiera hacer nada. Británicos y franceses optaron por la vía del apaciguamiento, un camino que no hizo más que postergar lo inevitable y envalentonar al nazismo. 
El título del libro es, sin dudas, adecuado. Ese descenso a los infiernos fue un hundimiento hacia los abismos del salvajismo totalitario, llevado adelante por hombres que decidieron y planificaron crímenes masivos, con la industrialización de la muerte. Kershaw pone el acento, a lo largo de toda la obra, en el antisemitismo antes, durante y después del nazismo, a lo largo de toda Europa. No era un fenómeno nuevo, pero sí tenía algo novedoso al ser un antisemitismo de carácter genético, no religioso. No obstante, el silencio de muchas iglesias cristianas ante los atropellos y, luego, las deportaciones y asesinatos, fue de complicidad. Pero el autor también señala las acciones silenciosas del Papa para salvar judíos en plena hecatombe, aun cuando su principal obsesión era la vida de sus feligreses cristianos. 
Ian Kershaw conoce en profundidad la historia alemana en general, y la del nazismo en particular. Pero tiene una visión de menos hondura sobre países vecinos como Checoslovaquia y Polonia; de allí, entonces, que no pusiera suficientemente énfasis en el atropello letal de la anexión de los Sudetes, la invasión a Checoslovaquia y su desmembramiento, porque a mi juicio no pone en relieve la significación democrática de ese país centroeuropeo cuando era una isla de libertad en un mar de autoritarismos.  La magnitud del desastroso Pacto de Munich, entonces, se apaga si se persiste en observar a Checoslovaquia como una nación periférica del Viejo Continente. 
El libro cierra con los comienzos de la Guerra Fría, subrayando la devastación general en que quedó el continente europeo, con millones de personas sin hogar, deportaciones masivas, escasos alimentos y corrimiento del centro del mundo. De los escombros nació otra situación, completamente nueva, en la que los Estados Unidos encarnaba el liderazgo del mundo democrático liberal, y la URSS el campo socialista. 
El libro es un esfuerzo encomiable, escrito con una buena prosa, de lectura ágil, sumamente recomendable para quien busque adentrarse en el siglo XX.

Ian Kershaw, Descenso a los infiernos. Europa, 1914-1949. Barcelona, Crítica, 2016.

lunes, 5 de septiembre de 2016

"Ostkrieg", de Stephen Fritz

Stephen Fritz se concentra en el núcleo ideológico de la guerra iniciada por el nazismo: la expansión hacia el Este de Europa, particularmente en la Unión Soviética, para incorporar ese vasto territorio al Lebensraum (espacio vital). Este programa significaba la aniquilación de millones de personas que habitaban Ucrania, Bielorrusia, Rusia y el Cáucaso, además de la esclavización de los sobrevivientes. Los dos ejes ideológicos del nacionalsocialismo, que eran el antisemitismo y la expansión territorial hacia el Oriente europeo, se enhebraban en la conquista de la fértil llanura europea de la Unión Soviética.
Y el autor nos pone frente a una cifra para ubicarnos en la dimensión de este aspecto de la segunda guerra mundial: ocho de cada diez alemanes que combatieron, murieron en la guerra del Este, la Ostkrieg. La invasión de Checoslovaquia y de Polonia eran pasos previos a esta expansión gigantesca, así como el ataque e invasión de Francia en 1940 fue para evitar una conflagración en dos frentes simultáneos, con el objetivo de repeler rápida y decisivamente a sus enemigos occidentales.
Lo cierto es que Adolf Hitler se dejó llevar por sus propias concepciones ideológicas al suponer cómo se comportarían sus enemigos: la primera, que los británicos se unirían a la Alemania nazi en la guerra contra la Unión Soviética, una guerra librada por anglosajones y germanos contra los pueblos eslavos. La segunda, la inferioridad racial de los eslavos, que serían rápidamente vencidos por los arios germanos genéticamente "superiores"... La tercera suposición errónea, era que el régimen stalinista se desmoronaría como un castillo de naipes. La Blitzkrieg fue efectiva en territorios reducidos, como Polonia y Francia, mas no tuvo el mismo efecto en la operación Barbarroja en suelo soviético. Asimismo, las tropas soviéticas eran numéricamente superiores a lo que los alemanes suponían, y se resistieron con denuedo frente al invasor. 
La limpieza étnica del Generalplan Ost suponía la muerte de unos treinta a cuarenta y cinco millones de soviéticos, considerados "inútiles", y deberían perecer de hambre o por ejecución. A esto se agregaban los dos millones de judíos que mayormente vivían en la parte europea de la URSS, por lo que se enviaron los Einstazgruppen para llevar adelante fusilamientos masivos. También se sumaron los médicos que en Alemania habían empleado prácticas de eutanasia contra personas con discapacidad y enfermos, llevando consigo las técnicas del envenenamiento con gas. El plan implicaba la limpieza étnica, la repoblación con elementos germánicos, la desurbanización y la construcción de una gran muralla en los Urales, la Wehrgrenze, para contener a las hambrientas masas asiáticas, eslavas y judías... Cabe acotar que el espacio del Lebensraum ya había sido ocupado durante 1918 tras el acuerdo de Brest-Litovsk, por el cual el régimen bolchevique llegaba a un pacto de paz con el Imperio Alemán tras abandonar la región más fértil del fenecido Imperio de Rusia. Esta anexión fue incluso teorizada por el político nacionalista alemán Alfred Hugenberg, de quien se nutrió Hitler, que nunca fue un actor original. No obstante, aquella ocupación no significó limpieza étnica, sino la creación de estados satélites para alimentar a los países centrales y continuar la Gran Guerra. 
Con esta invasión al suelo soviético, Stalin se alió al Reino Unido y luego a los Estados Unidos para enfrentar al enemigo común. Los occidentales contribuyeron decisivamente al sostén de la URSS a través del sistema de Lend-Lease, proveyéndole de armas para hacer frente a las hordas germánicas. La virulencia de la Ostheer, empeñada en el exterminio y esclavización, sólo podía ser respondida con igual grado de violencia, sin posibilidad de zonas grises. Ambas partes, pues, se entregaron a la guerra total. 
Esta invasión puso en evidencia las falencias del ejército alemán, que no sólo era sobrepasado numéricamente por las tropas soviéticas, sino también su falta de equipos militares para tamaña conquista. El voluntarismo de Hitler, enceguecido dogmáticamente por su utopía racial, lo condujo a situaciones catastróficas como la batalla de Stalingrado, sacrificando cientos de miles de soldados alemanes en un enfrentamiento sin sentido estratégico, desviándose de su objetivo de ocupar el Cáucaso, región petrolera. Cuando los Aliados desembarcaron en África, luego en Italia y finalmente en Normandía, la multiplicación de frentes debilitó aún más a la Alemania nazi.
Paradojalmente, la guerra total significó la importación de mano de obra esclava de los países eslavos hacia Alemania, llegando a contabilizarse casi ocho millones en las fábricas, así como la utilización de los prisioneros judíos en los campos de exterminio, agotándolos hasta la muerte. Los nazis, obtusos en la creencia de una conspiración planetaria judeo-bolchevique-capitalista, estaban convencidos de librar una guerra por la supervivencia de su raza frente a los soviéticos y estadounidenses, ambos manejados tras las sombras por el judaísmo. De allí que, a partir de 1943, la guerra se transformó en una contención frente al avance de las tropas enemigas, esfuerzo inútil en el que se entregaron con mayor furia al exterminio sistemático de los judíos en los centros de aniquilación. 
Consecuencia no buscada, sí hubo en Europa oriental y central una recomposición étnica: los alemanes se vieron expulsados de varios países al finalizar la segunda conflagración planetaria, reduciendo su territorio a favor de Polonia y la URSS. Por la Shoá y la deportación de los prusianos, Polonia pasó a ser un país étnicamente homogéneo, Checoslovaquia expulsó a los alemanes de los Sudetes y desapareció la otrora floreciente comunidad judía de Praga. Y Stalin logró sovietizar a varios países de Europa central y oriental durante cuarenta años, imponiendo un sistema de satélites que le permitió dominar grandes porciones del Viejo Continente durante la guerra fría. 
El despliegue hacia el Oriente de Europa es sólo comprensible a través de la utopía racial que se sostenía en la pseudociencia de la eugenesia, una guerra con fines ideológicos para crear un vasto imperio colonial que tuviera la fuerza para enfrentar a enemigos externos del futuro. Esta guerra de la Volksgemeinschaft alemana, entendida como un desafío del darwinismo social más desquiciado y delirante, sepultó millones de personas en el mundo, introdujo técnicas de aniquilación masivas y redujo a cenizas las concepciones de la jerarquía racial.

Stephen Fritz, Ostkrieg: Hitler's War of Extermination in the East. Lexington, University Press of Kentucky, 2011.

lunes, 15 de agosto de 2016

"Languages of Community", de Hillel Kieval.

La comunidad judía de Bohemia probablemente ya estaba instalada en el siglo XI, y desde entonces formó parte constitutiva de la región centroeuropea, con fuerte acento en la ciudad de Praga. Como en el resto del Viejo Continente, su existencia estaba estrechamente ligada a la voluntad del monarca, que permitía su desarrollo o la cercenaba hasta llegar a la expulsión. El tiempo de mayor expansión de esta comunidad se vivió con los emperadores Maximiliano II y Rodolfo II, en particular con el segundo, que abrió las puertas a la investigación científica, alquímica y esotérica. 
El gran momento para los judíos de Praga llegó con el aire renovado de la Haskalá, el iluminismo judío de Moses Mendelssohn que venía desde la septentrional Prusia. Asimismo, el emperador José II procuró que los judíos pudieran acceder a la instrucción para "ser útiles" a su reino, por lo que comenzaron a entrar en las aulas primarias y secundarias. Los resultados, no obstante, no fueron inmediatos; pero la contracción tradicional de los judíos al estudio sistemático, al pensamiento abstracto y al conocimiento de idiomas, letras y cálculo, fueron las herramientas que llevaron a esta comunidad a desplegarse con una energía que superó a la de los cristianos del entorno. Este desenvolvimiento prodigioso se produjo cuando comenzaron a nacer las conciencias nacionales de alemanes y checos, sentimiento que cobró vigor con el romanticismo y la búsqueda de raíces identitarias en el pasado -preferentemente remoto-, en las costumbres y el folklore. Tanto lo alemán como lo checo, se definían a partir de una familia lingüística que enhebraba historia, cultura, tradiciones, parentesco. Los judíos en Bohemia y Moravia, ergo, se hallaban entre dos fuerzas en pugna: por un lado, la cultura alemana era también el vehículo de acceso al conocimiento científico y filosófico, el mundo de los negocios y trascendía las fronteras estrictas del imperio austríaco. Por el otro, la lengua cotidiana, para la mayoría de los judíos, era el checo que, a su vez, era cultivado en grado creciente en Bohemia y Moravia. No obstante, sectores de la intelectualidad checa se negaban a asimilar a los judíos a su nacionalidad, negando la posibilidad de una alianza entre ambos para lograr mayores grados de autonomía dentro del imperio danubiano. La violenta manifestación antijudía de 1841 en Praga puso en evidencia la dificultad de la asimilación, ya que se veía a la comunidad judía fuertemente asimilada a lo germánico. 
Capítulo ilustrativo de esta situación es el que dedica a la figura legendaria del Golem. El homúnculo era un personaje habitual en los relatos jasídicos en Polonia, no en Bohemia. De algún modo desconocido se incorporó en Praga, y la narrativa fue variando con los años. La paradoja es que el rabino Löw vivió en los tiempos del emperador Rodolfo II, una época en la que la comunidad judía no tuvo nada que temer y se desarrolló con plenitud. Los relatos del Golem como protector de los judíos praguenses, señala el autor, son de fines del siglo XIX, cuando el antisemitismo moderno estaba cobrando fuerza en toda Europa.
La acusación y el juicio a Leopold Hilsner por un supuesto ritual de sangre, despertaron la ira antijudía en Bohemia. La voz valiente y prácticamente solitaria de Tomaš G. Masaryk, del grupo realista, se alzó contra el antisemitismo y la barbarie. Cuando Masaryk alcanzó la primera magistratura de la naciente República Checoslovaca, no fue partidario de las políticas de asimilación, sino que tuvo un diálogo frecuente y simpatía por el sionismo. En la constitución de entreguerras se reconoció su derecho como minoría nacional y se permitió que los judíos se presentaran como tales en el censo general. El presidente Masaryk, en tanto representante del humanismo europeo y la Ilustración, fue respetuoso con la comunidad judía checoslovaca. 
Los objetivos de la política nazi llevaron a la invasión a Checoslovaquia en 1939 y a la deportación masiva de los judíos a los campos de exterminio, borrando así a esta comunidad del centro europeo. Pocos sobrevivientes se sumaron al Partido Comunista, siendo también perseguidos en las purgas de los años cincuenta; otros, más afortunados, emigraron al Estado de Israel. Fue así como desapareció uno de los sectores constitutivos de la historia, las artes y las ciencias de Bohemia y Moravia.

Hillel Kieval, Languages of Community: The Jewish Experience in the Czech Lands. Berkeley, University of California Press, 2000.

lunes, 16 de mayo de 2016

"Sarmiento filósofo", de Francisco M. Goyogana.

Estudiar y reflexionar los cincuenta y dos tomos de la obra de Sarmiento requiere de un sistema y un propósito, y estos fueron los motores que impulsaron a Francisco M. Goyogana en esta obra sobre las inquietudes filosóficas del político y autor sanjuanino. Goyogana es autor, ya, de tres libros en torno al estadista argentino del siglo XIX: el primero, dedicado a Sarmiento y la Patagonia; el segundo, a su defensa del laicismo; el tercero, en buena medida es un complemento del segundo, que nos permite adentrarnos en los itinerarios recorridos por un lector tan voraz como prolífica y cautivante fue su pluma.
Sarmiento no buscó teorizar en el vacío ni para su sólo provecho personal, sino que lo hizo para volcar ideas transformadoras en la Argentina decimonónica, en tiempos de la organización constitucional. De allí su pasión desbordante por atrapar cuanto libro se atravesara, desmenuzándolo y aprendiendo de conversaciones silenciosas que entablaba con cada autor.
Goyogana nos plantea un recorrido por cada autor con el que dialogó Sarmiento como lector, desde los clásicos griegos hasta sus contemporáneos. El autor nos introduce a las ideas de los filósofos que frecuentó Sarmiento, y pone a dialogar al político sanjuanino con esos pensadores. Los agrupa en varias ramas: la filosofía y las ciencias naturales de Gran Bretaña, los franceses, alemanes, holandeses, italianos y estadounidenses. La variedad de libros que leía Sarmiento le permitió abordar el pensamiento humano desde múltiples ángulos: filosofía política, ciencias naturales, epistemología, educación, historia. Cada lectura, aprovechada hasta el máximo, ayudó a crear un humus en donde fructificaron muchas ideas sarmientinas.
Sarmiento fue afecto a los pensadores que también fueron hombres políticos. Eran tiempos en que muchas figuras del pensamiento se volcaban de lleno a la arena política, sin temor al barro de las pasiones humanas y las refriegas. Así, se volcó por autores de envergadura como Tocqueville, Constant, Guizot, Thiers, Jefferson, Franklin, Thomas Paine, Burke, Locke, John Stuart Mill, entre tantos otros. Propenso a la observación, Sarmiento fue más un empirista que un teórico de laboratorio, y por ello buscó la experiencia acumulada de otros pueblos. De allí que explorara las obras de Adam Smith, David Hume y la ilustración escocesa. Pero también frecuentó la lectura de autores como Proudhon, Fourier, Saint Simon, Comte y Rousseau, con quienes no necesariamente coincidió, pero sí le brindaron perspectivas novedosas. Sabido es que Sarmiento cambia su visión sobre Europa, a la que suponía en la cumbre de la civilización humana, cuando viaja en 1847 a Francia. Su modelo habrá de cambiar por el de los Estados Unidos, a donde va luego y se asombra por un país pujante que le servirá como modelo en la presidencia. Esto lo acerca aún más a autores como Tocqueville, a los que hacen de la observación de la conducta y los movimientos humanos el método para explorar los caminos del progreso social y material. Y, como John Stuart Mill, no vaciló en defender el valor de la educación pública para elevar las condiciones materiales de los más pobres, así como el de elevar a la mujer por medio de su instrucción en un mundo que la relegaba a una mera función reproductiva y de crianza de los niños en el hogar. 
Goyogana nos expone el interés que Sarmiento tenía por las ciencias naturales, a las que se sentía atraído también por su capacidad de aplicación en las feraces tierras argentinas. De allí que se volcara decididamente por las teorías del evolucionismo, siendo un conocedor profundo de la obra de Charles Darwin, de quien brindó una extensa conferencia a las pocas semanas de su fallecimiento. Esta pasión por la ciencia lo acercó al positivismo y al darwinismo, sintiendo cercanía por el pensamiento de Spencer en sus últimos años de vida. 
Rastrear las fuentes intelectuales de Sarmiento no es una tarea sencilla, no sólo por la extensión voluminosa de su obra, sino por el apasionamiento que ponía en cuanto realizaba. Polemista audaz, no dudaba en combatir por las causas en las que creía recurriendo a un vasto arsenal de ideas, exhibiendo su erudición de gran complejidad. Este apasionamiento le ganó enemigos durante su vida y tras su muerte, que aún hoy arrojan anatemas e insultos sin ubicar a Sarmiento en su contexto vital. Esto hace más meritoria la obra de Francisco M. Goyogana, que coloca a Domingo F. Sarmiento en su tiempo y latitud sudamericana.

Francisco M. Goyogana, Sarmiento filósofo. Introducción a las ideas del prócer. Buenos Aires, Claridad, 2016.

viernes, 8 de abril de 2016

"La fiesta de la insignificancia", de Milan Kundera.

Libro breve pero no por ello superficial, en La fiesta de la insignificancia el autor presenta a los protagonistas en sus contornos, sin adentrarse demasiado en sus itinerarios vitales. Como si lo urgiera la premura, como si el tiempo fuera escaso para arrojarnos a lo medular de la novela, que es centrarse en la insignificancia. La existencia como una sucesión de insignificancias, no sólo en su sentido de menudencias sin grandeza, de rutinas olvidables, sino de carencia de significado. Los protagonistas se debaten tras algunas máscaras más o menos identificables -los galanes venidos a menos, el actor que ya no tiene público e interpreta, en tanto falso pakistaní, un rol al que nadie le presta atención en los cocktails-, ya en la segunda mitad de la vida. Alain se interroga por su madre, a quien vio por última vez brevemente cuando tenía diez años. o D'Ardelo se inventa un cáncer que no tiene, únicamente por estilo lúdico, sin ánimo de generar lástima, sino por el simple hecho de mentir. La historia de Mijail Kalinin y su incontinencia urinaria, que Stalin utilizaba para martirizarlo en prolongadas reuniones del Politburó, ilustra acabadamente el elogio de la insignificancia: por pura arbitrariedad, conjeturan los personajes, Stalin bautizó a la antigua Königsberg como Kaliningrado, para retribuir a Kalinin en su esfuerzo por contener la orina en aquellas sesiones del comité. No por grandeza ni por entrega revolucionaria, sino por su denodado esfuerzo por mantenerse en silencio, esforzando por no liberar el contenido líquido que pugnaba por salir.
Y es así, subraya Kundera, que la insignificancia triunfa y por ello Kaliningrado, a pesar de los cambios políticos, sigue llevando ese nombre. Es la victoria de aquello que es una minucia, olvidable, sin el menor rastro de gesta del espíritu humano.
Como todas las novelas de Kundera, es una invitación a la reflexión a partir de episodios cotidianos, que juega entre lo absurdo y lo aburrido, en una interpelación al sentido del humor y, ante todo, a la capacidad de reírnos de nuestras existencias profanas.

Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia. Buenos Aires, Tusquets, 2014.

domingo, 27 de marzo de 2016

"El fascismo y la marcha sobre Roma", de Emilio Gentile.

Notable historiador italiano, Emilio Gentile narra detalladamente la marcha sobre Roma de 1922, cuando el fascismo se impuso como solución violenta ante un régimen parlamentario asediado por sectores cada vez más radicalizados. En libros anteriores, como La vía italiana al totalitarismo y El culto del littorio, Gentile se centró en la dinámica de vocación totalitaria del régimen y en sus trazos religiosos; en este libro, en cambio, recrea la atmósfera previa a la toma del poder, las discusiones, las dudas y los errores de los partidos democráticos.
Tras ser el ala más radical del Partido Socialista italiano, Benito Mussolini se embarcó en la defensa de la participación italiana en la primera guerra mundial. Esta ruptura con la izquierda italiana lo llevó por un nuevo itinerario, propio y novedoso, al ser uno de los líderes de los fasci de combattimento que quedaron tras la Gran Guerra. Y recalcamos que fue uno de los líderes, ya que Benito Mussolini no era el único, y que incluso el podio fue durante un tiempo ocupado por Gabriele D'Annunzio, un aventurero de la política. 
Durante el llamado "bienio rojo", cuando en 1920-21 los socialistas maximalistas y comunistas crearon un ambiente de caos dispuestos a impulsar una revolución de cuño bolchevique en la península italiana, los sectores liberales y democráticos se vieron desbordados y aparecieron con fuerza los escuadristas del fascismo, organizados en milicias, que enfrentaron violentamente a los grupos radicalizados. La democracia parlamentaria italiana, pues, estaba asediada por dos grupos que renegaban del constitucionalismo y el imperio de la Ley, ambos dispuestos a derrumbar los cimientos en que se apoyaba. Liberales y demócratas supusieron, erróneamente, que la incorporación de los fascistas al parlamento los aplacaría, integrándolos a la política de partidos. 
Si bien la estrella de Mussolini pareció menguar, supo rápidamente retomar el centro del escenario, ubicándose como líder de los escuadristas y fue subiendo el tono de sus críticas al orden liberal con una prédica incendiaria, dispuesto a demoler el parlamentarismo. Con una franqueza insólita, los fascistas hablaron abiertamente en contra de las libertades individuales, el parlamento, la democracia y el sufragio, un discurso que fue ganando terreno ante las crisis ministeriales de los gabinetes liberales de Luigi Facta. Los principales políticos del liberalismo italiano, como Giovanni Giolitti, no supieron comprender la nueva dinámica política que se estaba desarrollando con el fascismo, y cuando las escuadras avanzaron hacia Roma, las dudas que los carcomían terminaron por devorarlos.
No obstante, Mussolini también era un prisionero de los escuadristas, que querían desplegar su violencia a cualquier precio, impulsados por Michele Bianchi, en tanto que otros sectores minoritarios del PNF (Partito Nazionale Fascista) querían evitar la toma del poder y llegar a un acuerdo con los partidos tradicionales. Mussolini se decidió por capturar el "instante huidizo" a fines de octubre de 1922 en un juego de disimulos y ocupación efectiva de ciudades, muchas veces con el visto bueno y la pasividad de las fuerzas policiales y militares. El rey Vittorio Emanuele III, que podría haber puesto freno a la avanzada fascista hacia Roma con la declaración de estado de sitio, se negó en el momento oportuno, una decisión de la que se desconoce la razón, aniquilando con ello la supervivencia de la dinastía después de la segunda guerra mundial.
Mussolini y los fascistas, ya en el poder, implantaron la lógica del partido único con vocación totalitaria, persiguiendo y acallando toda voz crítica, estableciendo el monopolio de la expresión de la nación italiana, como si el resto hubieran sido enemigos de la patria. Fueron pocos los contemporáneos que advirtieron el nacimiento de un nuevo régimen con características singulares, siendo los más los que suponían su derrumbe inmediato o que se trataba de un simple aventurero. Así, pues, los fascistas supieron aprovechar los errores de los sectores democráticos y liberales, su dispersión e inacción, para marchar sobre Roma e implantar la dictadura.

Emilio Gentile, El fascismo y la marcha sobre Roma. Buenos Aires, Edhasa, 2014.